Una  joven pareja deciden rehabilitar una antigua fábrica abandonada, dando como resultado una vivienda llena de personalidad.

Pocos se animan a este tipo de propuestas a pesar de que los resultados suelen ser muy gratos y especiales.

Los nuevos dueños decidieron que los espacios comunes en planta baja fueran abiertos y luminosos,  se opto por crear un patio central ajardinado con grandes ventanales, de tal forma que siempre tuvieran contacto visual entre las diferentes estancias.  Los materiales, mantienen el encanto de la antigua fábrica: carpinterías de hierro, vigas vistas y con algunos  detalles  dignos de mención, como el encuentro entre el hormigón y el parque de roble, utilizado en el suelo.

En planta primera, donde se ubicaban las antiguas oficinas, el espacio se convierte casi en una escenografía, en contraposición con la planta baja más sobria. La pared recrea el cielo, bastante atrevido y carente de cursilería, gracias al mobiliario recuperado y las tonalidades utilizadas en las tapicerías. En ocasiones se agradece este tipo de intervenciones en edificios tan fríos.

Los dormitorios se cierran al resto de estancias dándole mayor privacidad al usuario. Espacios blancos, con pequeños contrastes, como el revestimiento del baño, en el  que se ha utilizado azulejos de terracota de los años 70, proporcionan textura y aportan de nuevo calidez al espacio casi minimalista. Detalles originales y aparentemente descuidados, como el vestidor, dan como resultado una vivienda llena de personalidad.

En el patio se optó por una vegetación que creciese rápido y fuerte, kiwis, higueras, rosas, hiedras, el bambú, jazmín… por si alguno se anima con las terrazas.

¡Quién pudiera encontrar espacios tan singulares y personales!

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